Como muy bien dijo Bono recientemente sobre Bob Dylan, él hizo lo que pocos logran: cambió la manera popular de cantar. Y desde entonces hemos estado viviendo en un mundo modelado por...
Seguir leyendoComo muy bien dijo Bono recientemente sobre Bob Dylan, él hizo lo que pocos logran: cambió la manera popular de cantar. Y desde entonces hemos estado viviendo en un mundo modelado por su manera de cantar. Ya casi nadie lo hace como Elvis Presley. Y cientos intentan hacerlo como Dylan. Cuando Sam Cooke se lo hizo escuchar a un joven Bobby Womack, este dijo que no lo entendía. Cooke le explicó que a partir de entonces no iba a tratarse de lo bonita que es tu voz. Iba a tratarse de creerte si esa voz está diciendo la verdad. La voz de Danielson dice la verdad. Es la del líder de la banda, Daniel Smith: díscola, todo el rato en falsete, chirriante. Parece la de un teletubbie. Pero dice la verdad. Sin miedo ni tacha. Él canta letras cristianas que son un desafío: porque son emocionalmente desnudas, sin distinguir barreras entre la fe y el arte; su religión no se presenta azucarada, sino dentro de un territorio explícito y ortodoxo. Pero este grupo –extraño, hipnótico- que ha formado Daniel con familiares y amigos ni predica ni hace proselitismo, solo muestra su gratitud ante lo cotidiano. Habla de sexo, de televisión, de que nos frenemos a la hora de juzgar, y lo hace como si fuera una pandilla de boy scouts regida por leyes fortuitas y de loca inestabilidad. Así suena su música. Capaz de revisar en clave de cómic el pop de los grupos de chicas de los sesenta (“Potty Mouth”) y de acercarse a Barrio Sésamo (“Flip Flop Flim Flam”), pero haciendo todo eso con una banda y por una carretera que saludan a Captain Beefheart y Sonic Youth. Que atraen a Steve Albini para que haga de ingeniero de sonido. Que meten en el mismo saco a Soul-Junk, Deerhoof y Sufjan Stevens. Este último, amigo de Daniel desde hace muchos años, aparece en los créditos de este doble recopilatorio de veintiocho canciones (ocho son tomas en directo), excelente salvoconducto para acceder a los diez primeros años (1994-2004) de la carrera del autor del aclamadísimo “Ship” (2006). Que Stevens sea uno de sus colaboradores habituales es una pista: las mejores canciones de Danielson –podríamos poner ahí a “Rubbernecker” y “Good News For The Pus Pickers”- lo son porque son las que mejor nos recuerdan que son una familia. Por eso las tomas en directo, con el público participando y sumándose a esa familia (muy llamativamente en “Don’t You Be The Judge”), ayudan a entender el intríngulis de sus intenciones. Que no difieren de las del gospel de principios de siglo XX, solo que presentadas con una mayor voluntad poética y elemental, y con las dosis de seriedad y diversión con que se sazonan las apuestas a largo plazo.
Sería fácil decir que estamos ante una banda cristiana que gustará incluso hasta a los anticristianos. Un recurso demasiado fácil. Lo que tenemos aquí es uno de los combos indies más originales de los tres últimos lustros, un microcosmos creativo sin miedo al ridículo ni a las situaciones embarazosas. Un grupo que te dice: si bajas la guardia, caerás rendido a nuestros encantos. Y quien se asuste es porque aún no se ha enterado de que existe Bob Dylan.







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