Hay en este EP una exhibición de poder, confianza y factor diferencial a cargo de Micah P. Hinson. Podría decirse que en estos seis cortes nos muestra su cara experimental, y es cierto...
Seguir leyendoHay en este EP una exhibición de poder, confianza y factor diferencial a cargo de Micah P. Hinson. Podría decirse que en estos seis cortes nos muestra su cara experimental, y es cierto que lo hace. También podría argumentarse que lo que nos ofrece aquí es el reverso de su sonido "más convencional", y también sería verdad. Pero hay algo más en esta media docena de piezas: un atrevimiento fuera de serie. El primer tema, titulado "Intro", dura cuarenta segundos. Cuarenta segundos en los que se escucha la música de fondo de un local mientras él, Micah, va afinando su guitarra y el trémolo de ésta nos anuncia el principio inmimente de una actuación emocionante. Acto seguido, subida del telón con un piano lúgubre, que se duele durante algo más de dos minutos y medio. Introspectivo, volviendo varias veces sobre la triste melodía. Eres el espectador invitado, pero te sientes como un intruso. No parece ésa una escena abierta al público. Es un funeral. La voz de Micah no hace acto de presencia hasta "Brothers And Sisters", sobre una guitarra de rasgueo cálido y recogido. Una canción que se presenta como un gospel blanco abortado, un canto colectivo reducido a plegaria individual, un púlpito reconvertido en una habitación. El trovador texano, más solo que la una. En "Our Sorrow, Left Far Behind" se palpa el latido rústico que tan bien sabe adobar con aura indie. El fingerpicking de las seis cuerdas recibe el empuje de un banjo por la retaguardia. En su mundo es posible que el bluegrass se encuentre con una balada de Pavement. También es posible que aparezca el canon de Johan Pachelbel, como ocurrió en su anterior EP, "A Dream Of Her", y vuelve a pasar en éste, ahora en el tema "Oh, No", un crescendo que sobrevuela la citada composición clásica mientras Micah dobla su voz y el lamento que le da título. No necesita más palabras para contagiarnos su dolor, su asombro, el bello precipio al que le arrastran estas notas. Un acordeón igual de pesaroso que el piano del segundo corte baja el telón en "The Soundtrack Of Our Lives". Con aires que parecen soplar de la extinta U.R.S.S., como si un soldado jubilado de aquel ejército tocase el instrumento mientras recuerda días mejores que ya pasaron.
Sólo ha transcurrido un cuarto de hora y Micah nos ha barnizado sus reflexiones con más verdad y valentía formal a tumba abierta que la que suelen regalarnos otros colegas de profesión en varios años de trayectoria.
Un tipo único.
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